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Los museos de arte, entre otras instituciones culturales, se han lamentado históricamente de la dificultad para atraer al público adolescente. Todavía hoy en día son considerados como el eslabón perdido: demasiado mayores para querer visitar el museo con la familia y demasiado jóvenes para hacerlo como jóvenes adultos.
Los departamentos de educación y de actividades de los museos se rompen la cabeza para ofrecerles actividades que les puedan interesar. Cuesta acertar, incluso si son gratuitas y se adornan de estética juvenil.
El problema, sin embargo, no lo tienen los adolescentes, quienes, inmersos en la pertinente rebeldía contra el mundo adulto, no contemplan el museo como un espacio interesante. El problema es que los museos les ofrecen experiencias en una estructura jerárquica —como la que tienen en la escuela y en casa— en un momento en que necesitan nuevos modelos y encontrar su propia identidad.
En este artículo analizo el informe de cuatro casos de éxito que podrían ayudar a impulsar nuevos programas para adolescentes en nuestros museos de arte.

Espacios para crecer y dar voz a los adolescentes

En 2015, cuatro museos de arte contemporáneo de Estados Unidos se pusieron de acuerdo para evaluar el impacto de sus programas para adolescentes, que habían estado funcionando ininterrumpidamente desde los años noventa. Este estudio, que lleva por título Room To Rise. The Lasting Impact of Intensive Teen Programs in Art Museums [1][1] Para obtener información cuantitativa y cualitativa de los contextos y los impactos, a lo largo de dos años se llevaron a cabo encuestas a exalumnos, encuentros con grupos focales, estudio de casos, análisis de diarios gráficos y entrevistas en profundidad. Un estudio riguroso que merece la pena consultar, tanto por su propio diseño como por sus resultados., analizó los siguientes programas:

El objetivo del estudio era certificar, después de veinte años, dos intuiciones compartidas por las cuatro instituciones: por un lado, aquellos programas generaban una transformación vital en los jóvenes que participaban, y, por el otro, generaban cambios positivos en las propias instituciones.
El denominador común de estos cuatro programas es, por un lado, el compromiso de la institución y su implicación a diferentes niveles, y, por el otro, el rol protagonista que dan a los adolescentes. Los jóvenes participantes —que asisten al museo semanalmente durante el curso, entre uno y tres años— colaboran de manera activa, significativa y visible en la programación del museo.
Los proyectos específicos varían según el museo, o de un año al otro, pero todos incorporan tareas que culminan en un proyecto o un acontecimiento que se presenta temporalmente en el marco de la institución.
Además, en todos estos programas intensivos los jóvenes tienen la oportunidad de conocer y trabajar con artistas y creadores. Este hecho tiene un impacto particularmente significativo en los participantes, no solo porque los creadores transmiten su pasión por el arte y lo hacen más transitable, sino porque por su manera de ver y pensar el mundo se convierten en un rol model en una época de grandes cambios.

A través de las actividades que desarrollan en el museo —llevar a cabo visitas guiadas a otros grupos de adolescentes, planificar actos, comisariar una exposición o publicar un fanzine, entre otros— los jóvenes ganan experiencia en resolver problemas, trabajar por objetivos, motivar a otros compañeros, articular conceptos complejos y abstractos, activar el pensamiento crítico y creativo, y participar en investigaciones sobre el mundo que los rodea. También adquieren aprendizajes transversales, como saber planificar un acto o hablar en público, así como técnicas artísticas y pedagógicas.
Y lo que es más importante: las encuestas revelaron que el 95 % de los exalumnos encuestados consideraban los Teen Programs como una muy buena experiencia (40 %) o —¡atención!— una de las experiencias más importantes de su vida (55 %).

 

Una estrategia compartida

Estos cuatro programas inmersivos y comunitarios se basan en cinco pilares fundamentales, que resultan ser especialmente efectivos en el marco de los museos de arte contemporáneo:

  • Velar por la diversidad sociocultural del grupo (racial, étnica, socioeconómica y educativa).
  • Garantizar la participación constante entre el grupo y los trabajadores del museo.
  • Posibilitar la realización de un trabajo auténtico y valioso para el museo.
  • Acompañar la interacción con artistas y creadores.
  • Poner a su disposición mentores de apoyo del museo.

 

[* Diagrama extraído del estudio Room to Rise]

 

Impacto de los programas en los jóvenes participantes

Los impactos de este tipo de programas son en buena medida intangibles difíciles de cuantificar para quien necesite justificarlos con números, pero el diseño y el rigor del estudio ayudaron a descifrar en qué áreas estas iniciativas tenían una influencia más significativa a largo plazo para los jóvenes, resumiéndolas en las cinco siguientes:

  • Crecimiento de la confianza en un mismo, emergencia de una identidad personal y autoconocimiento.
  • Relación profunda y permanente con los museos y la cultura.
  • Investigación intelectual y curiosidad por ampliar los horizontes profesionales y las habilidades personales.
  • Visión del mundo arraigada en el arte.
  • Compromiso con la participación y la identidad ciudadana.

Impacto de los programas en los museos

El estudio también puso de relieve el impacto positivo que tienen estos programas con jóvenes en la cultura del museo. Dar voz a los adolescentes, darles autonomía para que creen programas para otros adolescentes y darles la libertad de experimentar ha demostrado tener unas derivadas que revitalizan la institución, como, por ejemplo:

  • Incorporación de nuevas miradas: los museos aprenden de la energía, las ideas y el espíritu creativo de los jóvenes.
  • Para adolescentes, con adolescentes: los adolescentes desarrollan y presentan (mejor que los adultos) programas que atraen a otros adolescentes.
  • Asumir riesgos: los adolescentes empujan la institución hacia la cultura de la innovación, hecho que requiere un compromiso genuino con la experimentación y una confianza por parte del centro cultural.
  • Números pequeños, gran impacto: limitar la dimensión de los grupos —aunque suponga una dificultad a la hora de buscar financiación privada o justificar un presupuesto— intensifica los efectos a largo plazo. Los adolescentes necesitan grupos reducidos donde sentirse confiados y poder desplegar todo su potencial, e indirectamente de ello se beneficia mucha gente.
  • Percepción positiva de los adolescentes como público visitante.
  • Diversificación de nuevas audiencias: hacen que la institución transmita un espíritu de apertura a públicos no tradicionales.

It’s pretty fantastic to see how these individuals become creative influencers in their communities. But they’re also committed to helping youth and helping shape museum programs. It’s not just what happens to the participants and their impact, but from year to year, a group of 16 WACTAC teens influences programming for 20,000 teens in the community – Olga Viso, Walker Art Center Director

Conclusiones

Los adolescentes y los museos no se repelen como el aceite y el agua, al contrario; los museos de arte contemporáneo son espacios idóneos donde hacerse preguntas, experimentar y expresarse libremente en un código no reglado. Pero los museos tienen que perderles el miedo y aprender a darles voz, ofreciéndoles una escucha activa y un espacio donde crecer.

Hasta hace unos años, los programas educativos para adolescentes eran casi inexistentes. Se consideraban el eslabón perdido del público de los museos. Seguramente el enfoque no era el adecuado. Lo que nos enseñan las experiencias de estos cuatro museos y lo que demuestra el estudio es que, situando a los jóvenes en el centro, empoderándolos para que puedan desarrollar una mirada crítica, se genera un valioso impacto social y emocional a largo plazo que no podemos dejar perder.